viernes, 31 de agosto de 2018

Antioquia Histórica, números 75 y 76 de 2017

Compartimos esta vez la edición del volumen correspondiente a los números 76 y 77 de nuestra revista Antioquia Histórica. En él encontrarán siete artículos de gran variedad e interés, en el que se incluye el texto de nuestro miembro honorario, doctor Alberto Velásquez Martínez, El Quijote en América, del cual ya publicamos los audios en este blog. Puede acceder a la revista haciendo clic en la imagen:



miércoles, 30 de mayo de 2018

El camino del Espíritu Santo

Ponencia presentada por nuestro miembro correspondiente, doctor Jairo Casas, el mes de abril pasado, en la Academia Antioqueña de Historia. (Puede hacer clic en la imagen para ver la ponencia.)


domingo, 6 de mayo de 2018

Diálogos con Julio

Una nueva crónica de Samuel Aguinaga, en El Bienmesabe (extraída de http://santafedeantioquia.net, a quien agradecemos.). Esta vez nos cuenta de sus diálogos con don Julio Duque, quien fuera protagonista y testigo de muchos hechos ocurridos en Santa Fe de Antioquia durante el siglo XX. Pasen un buen rato, leyendo a Samuel.


DIÁLOGOS CON JULIO
“La cultura no se vende, se regala”
Por: Samuel E. Aguinaga Alcaraz, en El Bienmesabe.

Continuación de los DIÁLOGOS CON JULIO, en el que viene contando cómo se inició en el estudio de la electrónica y lo de la emisora y otras cositas.
JULIO – En el mes de junio de cada año, celebraban en el colegio con mucha pompa la fiesta de San Luis Gonzaga. Un hijo de Don Carlos Herrera, que se llamaba Bernardo Herrera, tenía una emisora local desde comienzos de los años veinte e iba a instalar sus equipos para transmitir la fiesta que era: rosario, misa, predicación y de todo eso como ocho días a ese golpe. Esto fue en los años 30 del siglo pasado. Un día la emisora no funcionaba y el que la manejaba luchaba y luchaba y nada. Yo me acerqué, miré bien y logré ver que había un cable zafado y entonces me fui a la casa, busqué un cautín que días antes me había regalado mi tío Toño Duque para hacer soldaduras a ciertos aparatos de luz, cogí un poco de soldadura que tenía con el cautín y me vine para el colegio. Llegué y sin decirle nada a nadie soldé el cable en el puntico donde vi que había estado pegado y luego le dije al que estaba arreglando el equipo que lo prendiera, lo prendió y de inmediato comenzó a sonar el ruido del volumen. Eso se volvió una admiración y yo me consagré, o mejor dicho, me consagraron como un sabio en electricidad. De ahí en adelante, yo tenía que estar pendiente de los equipos eléctricos cuando transmitían sermones o procesiones como la del Corpus Cristi y otras. Más adelante me matriculé en las escuelas internaciones y mandaba la plata y de allá me mandaban las lecciones para aprender electrónica, porque por aquí ya había radiecitos, pero se dañaban y no había quién los arreglara.
Yo hice muchas cosas de joven bregando a solucionar los problemas a la gente necesitada, por ejemplo, tuve un proyector de cine y daba cine en la pared del interior de esta casa. El que salía a anunciar las películas era este muchacho que ya murió que lo llamaban El Borracho, el hacía el anuncio con una cartulina enrollada para que la voz saliera más fuerte, de medio día en adelante salía de esquina en esquina anunciando la película del día. Recuerdo que ese muchachito era más malgeniado que el mismo Diablo, pero yo lo corregía y no decía nada. Cuando ya fue mayor fuimos buenos amigos y siempre guardaba un respeto único por mí.
SAMUEL – Julio: ¿y de fotografía qué?
JULIO – Pues que aquí había un problema muy grande, porque la gente bien pobre y para sacar la cédula o la libreta militar tenía que ir a retratarse a Medellín. Entonces yo me conseguí una máquina de retratar de esas que eran con trípode y que tenía que utilizar una ponchera con agua y uno tenía que cubrirse con una manta todo el cuerpo desde la cabeza y luego revelar el rollo, con el fin de que la gente se retratara aquí mismo y no le saliera tan caro el retrato. Aquí no había plata, hombre…  Samuel –ya me lo contaste, Julio, ya me lo contaste-  y a mucha gente yo la retrataba y no le cobraba, porque para qué si sabía que no tenía con qué pagar…
Es que mi papá, no sé por qué, tal vez por cuestiones de negocio, era amigo de un señor de apellido Oduperli, me parece que era, el que tenía en Medellín un taller y ahí mismo un almacén de esos artículos de fotografía. Eso quedaba en el centro de Medellín y el Viejo me llevó allá y me presentó a ese señor y el mismo día el señor este me mostró todos los pasos que había que tener en cuenta para retratar a una persona. Me mostró máquinas, la forma de revelar las fotos y todo, todo. Entonces más adelantico compré la máquina y las cosas se me facilitaron porque ya tenía donde comprar todo lo necesario como papel y ciertos líquidos para revelar el rollo. Comencé y al principio las cosas no salían muy bien, pero con el tiempo fueron mejorando y yo era el único que retrataba aquí, sin que se me ocurriera retratar calles, callejones o casas. De esas cosas que no me dio por retratar nada. Por eso no tengo fotos de la Antioquia que conocí de niño.
SAMUEL – Julio, ¿vos te acordás de un señor Juanocho que vivió aquí en Antioquia, ya siendo muy de edad y que tenía una pieza en su casa donde trabajaba la fotografía?
JULIO – Sí hombre. Juanocho trabajó aquí la fotografía por allá en los años sesenta. Me contó que cuando era joven vivió en Inglaterra y que se aburría mucho allá, porque para todo era un ritual muy cansón. Que por ejemplo para ir al comedor a tomar algún alimento tenía que presentarse bien vestido y de moño o corbata o de lo contrario era mal visto por los de allá.
SAMUEL – Ese señor se llamaba Juan Ochoa y recuerdo que era de genio dócil y amable y tenía su gracia cuando hablaba. Decía sufrir del corazón y en una ocasión presintió que su muerte estaba muy cerca y entonces cogió la máquina de retratar y la limpió bien, la envolvió en papeles muy finos de esa época, la amarró con un cáñamo y la guardó. Igualmente guardó la manta con la que se cubría el cuerpo cuando tomaba las fotos, la ponchera y demás implementos de su trabajo y cuando la señora que llamaba Matilde le preguntó que porqué hacía eso, le respondió que porque ya se iba a morir. Yo trabajaba en la Casa Negra en el Juzgado de Menores y ahí cerquita vivía él y su esposa, en la casa donde hoy vive el Notario. Cuando ya tenía todo bien guardado apareció un policía y le dijo que tenía mucha necesidad de que lo retratara para mandar esa foto con otros documentos al Comando de la Policía de Medellín. Juanocho le dijo que ya él había guardado todas esas cosas de la fotografía porque se iba a morir y que por nada iba a volver a soltar todo eso para tomar una foto. El Policía le insistió tanto que tenía que llevar ese retrato urgente y en fin, lo jodió tanto que al final Juanocho aceptó abrir la pieza donde tenía todos esos implementos. Soltó la máquina y bueno, retrató al policía y de inmediato se puso a revelar el rollo. Al otro día vino el policía a reclamar la foto, Juanocho se la entregó y tan pronto la tuvo en la mano dijo: ¡Noooo, pero ese no soy yo! ¿Eso tan feo? Yo no recibo ese retrato ni se lo pago… A Juanocho le dio rabia y le dijo: — Eso es lo malo que usted vino ayer como un policía a retratarse y quiere salir en el retrato como un General… Yo no puedo hacer milagros aquí… Al policía le dio tanta rabia, que de inmediato lo cogió del brazo y se lo llevó para la cárcel. En ese tiempo los abusos de la autoridad eran el pan nuestro de cada día. Como era un hombre con buenos amigos, de inmediato la gente le contó a Don Alberto Martínez y éste fue donde el alcalde y ahí mismo lo dejaron libre.
JULIO – Sí, ese señor era gracioso. ¡Ah …  y vos no te acordás lo que ocurrió en la salina de Alberto Martínez…!  SAMUEL –No Julio, no recuerdo... –Ah, pues que Alberto era muy buen charlador y se inventaba algunas cosas que ni el Diablo…  por ver qué decía Juanocho, una vez le dijo: ¡Juanocho, el Papa dictó un decreto diciendo que ya no es pecado hacer el amor por fuera del matrimonio…! ¿Qué opinás vos de eso?  Y dijo Juanocho:–  ¡A buena hora viene a dictar ese decreto, cuando yo ya no puedo hacer nada… !
SAMUEL — Hemos tenido en nuestra Ciudad personas muy graciosas como Pachito Cardona, ese que vino de policía y aquí se quedó… decía cuando se emborrachaba que tenía una finca con ríos que nacían y morían en la misma finca, con más de quinientos mayordomos, tigres y leones, etc. A ese Pachito el superior que era un teniente le llamó la atención porque en los últimos cinco años no había metido a la cárcel ni a una persona. Le dijo que no justificaba el sueldo que se ganaba  y entonces Pachito salió del comando,  se vino y le dijo a Jorge Serna, su amigo más querido, que lo iba a meter a la cárcel para tener la oportunidad de  presentar un informe sobre captura de un individuo por sospecha y aunque Jorge le rogó que no lo metiera porque estaba muy ocupado arreglando una bicicleta, siempre lo llevó a la cárcel y cómo no había cometido ningún delito, al poco rato lo soltaron y una vez estuvo Jorge en la calle se pusieron los dos a tomar trago y a reírse. ¡Ese Pachito era muy charro…!
SAMUEL –Julio y de este almacén ¿qué? Vos te acordás ¿cuándo y cómo empezó?
Este almacén Suyo comenzó en 1948 en un local de las Lozanos, donde hoy está el Bar o Cafetería El Tamarindo. Las Pinedas eran: Pastora, Carmen y Teresita, muchachas que trabajaban la modistería en su casa que era por la calle del Medio entre el callejón de la Planta y La Pola y de allá se bajaron para el local de las Lozanos y allí comenzaron a trabajar. Este edificio donde hoy está el Almacén Suyo era de Don Andrés Londoño y de mi papá que se llamaba Clemente Barrera y de esas cosas que a Don Andrés se le propuso vender la parte de él y se la vendió fiada a Pastora y entonces ella y sus hermanas pasaron el almacén para esta parte. Pero esto no era así. Aquí había un local para la tienda que era de mi papá y una sastrería donde trabajaba Horacio Cruz y se reunían todos los vagos de la Ciudad, al igual que en la sastrería de Múchica. Entonces se invirtió una plata y se le cambiaron pisos y se le echó la plancha en concreto y así está como se reformó en ese tiempo, hace más de cincuenta años. Su primer teléfono era el número 14, si mal no recuerdo, por aquí está todavía. Esto todo se consiguió por el buen genio de Pastora y gracias a su manera de conversar que era una persona muy especial. Yo le hacía la propaganda en la emisora RADIOSERVICIO y para promocionarlo, Pastora me daba algunos artículos como ollas de aluminio para que los rifara los domingos. Las cosas se fueron yendo y ve, hasta ahora, todavía estamos aquí. En ese tiempo había muy pocas casas o negocios con teléfono. Este almacén tenía el número 14 de modo que hasta ese momento había 14 teléfonos.
SAMUEL — Julio, ¿y de la fábrica de refrescos SABORA qué?
JULIO: Éramos un grupo de amigos que no sabíamos qué hacer con esa situación de desempleo que había en ese tiempo. Ahí estábamos Horacio Vargas, Benjamín Vargas y otros que no recuerdo, medio pudientes y apareció Otoniel Urrego, que andaba en muletas, con una fórmula inventada por unos alemanes para preparar refrescos. Entonces compramos ollas de aluminio, mecedores, coladores y demás recipientes necesarios. El polvo para dar el color y el sabor nos lo vendían los alemanes esos y nosotros comprábamos el azúcar y preparábamos el refresco que podía ser parecido a la cartarroja, a la limonada o a cualquier otro sabor y le poníamos el nombre. Yo era el catador, es decir, el que decía al trabajador que lo preparaba, pónganle más azúcar o menos azúcar, un poco más del polvo ese o un poco menos y así. Benjamín Vargas compraba al por mayor el azúcar en Medellín. Tomamos en alquiler una casa, tuvimos varios trabajadores como ocho o diez y todo marchaba muy bien, pero llegó el momento en que una fábrica grande de refrescos de Medellín no permitía que a Benjamín le vendieran el azúcar por bultos, sino por libras y hasta ahí llegamos, porque carecíamos de esa materia prima. Se acabó la producción de SABORA y todas esas ollas y demás las guardamos en la pieza donde yo guardo chécheres como te he contado. Esa fabriquita funcionó a finales de los años cincuenta o comienzos de los años sesenta y ocupaba especialmente muchachas, no recuerdo bien cuántas.
SAMUEL – Hombre Julio, en esta casa donde has vivido, tenías el taller de radios, proyectabas películas, hacías transmisiones, tertuliabas con tus amigos, hacías de todo. ¿Te ocurrió algún caso especial?
JULIO, – No, todo era muy normal. Me llamó mucho la atención fue una vez que se le cayó un ojo a la Virgen de la Soledad de la Catedral y estaba muy encima la semana santa, entonces las encargadas de la imagen que eran unas señoras de la Calle de la Amargura, entre ellas Doña Teresita Patín, vinieron donde mí y me dijeron que si me podían traer la Virgen para que yo le pegara el ojo, pero que tenía que quedar en cierta forma, como mirando para el cielo. Yo les dije que sí y entonces me la trajeron y yo en las horas de la noche y poniéndole una pega que se usaba en ese tiempo jodí y jodí hasta que al fin le coloqué el ojo tan preciso que no se notaba que se hubiera despegado. Al otro día vinieron, observaron la virgen, dijeron que el ojo le había quedado perfecto, me preguntaron cuánto me debían y les dije que nada. Misia Teresita se fue tan contenta que al final me dijo que la Virgen me pagaría y que me encomendaría en sus oraciones de esa Semana Santa a la Soledad, como si yo fuera muy creyente, pero de todas maneras le dije que le quedaba muy agradecido por sus ruegos.
SAMUEL – Julio, ¿fuera de Antioquia y Medellín, conocés otra ciudad?
JULIO, – Yo conocí a Medellín por allá en mil novecientos treinta y siete, esto es cuando tenía catorce años. Me fui con una tía, hermana de mi papá, en el carro lechero. Salimos a las seis de la mañana y llegamos al transporte de Medellín a las doce y media del día, más empolvados que el Diablo.  Demoramos tanto porque ese carro tenía que ir primero a descargar la leche por ahí cerca al Rio Medellín. Nos quedamos como dos o tres días en Medellín y de ahí nos fuimos en tren para Puerto Berrío y luego seguimos en barco por el Rio Magdalena hasta Barranquilla donde teníamos una familiar. Ese barco se llamaba El Atlántico. Allá nos quedamos como dos o tres meses y en este tiempo pasamos a Cartagena donde estuvimos como tres días. Allí me bañé en el mar y vi que era mejor que en Barranquilla. Aquí nos quedamos unos pocos días y me comí unos pescados fritos deliciosos. Yo no había llegado a comer pescados tan sabrosos. Lo mismo que la alimentación en el barco que era una verraquera. Nos volvimos a Barranquilla y de nuevo cogimos barco a Puerto Berrío. Recuerdo que el rio estaba tan seco, que la embarcación a veces se pegaba en los bancos de arena y con unas palancas tenían que devolverla para coger la parte por donde podía navegar. Llegamos a Berrío y de nuevo en tren a Medellín y luego en el lechero vinimos a Antioquia. No había otra clase de transporte y estaba prácticamente recién hecho el Túnel de La Quiebra que había sido inaugurado en mil novecientos veintiocho. Todo estaba comenzando porque la carretera también estaba recién construida. Nunca más volví a salir por allá tan lejos.
SAMUEL – ¿Cuánto se demoraba el viaje de Puerto Berrío a Barranquilla?
JULIO – Eso se demoraba como cuatro o cinco días, pero subiendo se demoraba más porque se secaba el rio y se presentaban inconvenientes.
SAMUEL – Bueno Julio, lo mejor es que nos despidamos ya, estas muchachas están moviendo esa registradora en señal de que se quieren ir a descansar. Nos vimos… Tengo que contarte algo….
Hasta pronto, amigos…

La barca cautiva

De nuestra página hermana http://santafedeantioquia.net, extraemos una nueva crónica de nuestro querido amigo y compañero del Centro de Historia, don Samuel Aguinaga. Como recordaran, Samuel presenta al escrutinio público, cada vez que le provoca, el periódico El Bienmesabe, en el que nos regala las mejores crónicas sobre historia local. Esta vez, se despacha Samuel con la historia de la barca cautiva que construyó el ingeniero Enrique Hausler en el Paso Real, en la ciudad de Antioquia.
Con su humor característico y desenfado para escribir es ésta una lectura inevitable.


LA BARCA CAUTIVA
“La cultura no se vende, se regala”
Por: Samuel E. Aguinaga Alcaraz, en El Bienmesabe.
Según estudios de Don Bernardo Martínez Villa, en la Revista Antioquia Histórica Nro. 11 y 12 de Julio a Diciembre de 1974, uno de los europeos que vino a Medellín procedente de Alemania en 1835, fue Don Enrique Hausler, conocido como Míster Aila, sin ser ni míster ni aila. Este ciudadano llevó a cabo en esta capital la construcción del puente Colombia sobre el río Medellín; luego construyó el puente que comunica a Rionegro con San Antonio de Pereira; el de la quebrada Doña María en Itagüí y el viejo y famoso puente de Guayaquil, obra amenazada por un alcalde que se las tiraba de progresista y moderno. Recordemos que por aquellos tiempos, no había puente en el Paso Real, sino que el cruce del río se hacía en las llamadas balsas o canoas que rudimentariamente hacían ciertas personas expertas en el manejo de estos trabajos. Sobre el punto, sigue anotando Don Bernardo: “por concesión especial del gobierno del doctor Ospina, el Sr. Hausler fue encargado de la construcción de la barca en el río Cauca, precisamente en el punto denominado Paso Real, lugar que conduce en seguida a la ciudad de Robledo. Por tal circunstancia se trasladó a esta ciudad donde estableció su sede de operaciones con singular empeño. De una bella descripción que hizo don Eladio Gónima (Juan) el autor de “Teatro de Medellín y Vejeces”, relacionada con un viaje realizado por él a Antioquia y publicado en el número 31 de “La Miscelánea de Antioquia” el 26 de marzo de 1857, copiamos lo siguiente, referente a la barca del Paso Real: “Pasé este río en la barca que construyó para este objeto el inteligente señor Enrique Hausler, que a verdad es un beneficio inmenso para todos los que tienen que hacer la travesía de este río. El mecanismo empleado para el pasaje de la barca es sencillísimo i se reduce solamente a esto: hai un grueso cable que atraviesa el río i que está asegurado de lado i lado de fuertes pilares; de este cable pende una garrucha de metal con la cabida suficiente para que pueda correr libremente por el cable; tiene en el otro extremo que queda libre una argolla también de metal por la que pasa una cuerda delgada que puede tener veinte o veinticinco varas, la que viene a unirse o a coger la barca por la proa. Esta cuerda la lleva un hombre i va alargando o acortando según es más o menos fuerte la corriente del río. Ahora bien, el paso es pronto i facilísimo, puesto que todo consiste en un pequeño movimiento que se da al timón lo que hace que la barca ponga una parte de su costado a la corriente del río haciendo esta que la garrucha vaya rodando sobre la superficie del cable”.
“El beneficio no se reduce en mi concepto solamente al poco tiempo que se pierde aguardando paso sino que en lo sucesivo las desgracias ocasionadas por las malas calidades de las canoas, que por otra parte son poco apropósito para el río, serán, no digo menos frecuentes, sino que cesarán enteramente…”
(este escrito lo transcribí ortográficamente tal cual como está en la revista del Centro) No conozco las medidas que tenía esta barca, pero según lo dice el mismo escrito, era de tales dimensiones, que en ella pasó el Sr. Obispo Joaquín Guillermo González en 1873, cuando venía a tomar posesión de la Diócesis, con todo un séquito completo de sacerdotes y caballeros y la banda de música con su director a la cabeza, todos cómodamente sentados. Desconozco el año en que la hicieron, pero todo indica que fue a principios de la década de 1850, esto es, en 1851 o 1852 y se sabe que prestó sus servicios hasta 1894, más o menos, cuando comenzó a utilizarse el imponente Puente de Occidente, el que fue oficialmente inaugurado el 27 de diciembre de 1895, para que el Sr. Gobernador del Departamento y su comitiva estuvieran en nuestra Ciudad y disfrutaran de la Fiesta de los Diablitos el 28 de diciembre de ese año. Valga mi cuña para que mis paisanos se den cuenta que nuestra fiesta decembrina, que tantas preocupaciones me ha causado, no era cualquier cosa en otros tiempos.
Ese viejo sitio del Paso Real, concretamente el punto donde llegaba el camino que de Santafé de Antioquia conducía hasta las aguas del Cauca, tiene muchas historias. Por ejemplo, en el punto de llegada, a mano derecha bajando, había una ceiba grande. Creo que fue en la década de 1830, no recuerdo bien la historia, un importante hombre de Estado llamado Juan de Dios Aranzazu vino a la Hacienda Obregón y estuvo allí varios meses buscando una mina de oro. Durante ese tiempo hizo buena amistad con una dama de la alta sociedad santafereña llamada LEOCRICIA PARDO y, como todo, cuando menos pensó, estaba enamorado. Sin pensarlo dos veces, le propuso matrimonio, pero ella le dijo que no le aceptaba porque había hecho un juramento desde niña de vivir en soltería durante toda su vida, por amor a la Virgen o qué sé yo. Cosas de blancas, porque hasta hoy, no conozco que ninguna insinuante y seductora negra haga esta clase de promesas.
Sigamos porque estoy que me reviento de ganas de salirme del tema: El hombre, muy despechado, arregló sus corotos en su baúl, que era lo único que había por aquellos tiempos, porque todavía no se usaban las maletas, y acompañado de un trabajador, a caballo, se vino de Obregón al Paso Real, donde se cogía la barca para pasar el río y seguir a Medellín; con tan buena suerte que, al llegar allí, cansado y maltratado por el fuerte calor, se acostó a la sombra de la ceiba que antes mencioné, mientras venía la barca del otro lado, y se puso a rumiar sus recuerdos de amor, se durmió y cuando despertó le dio por descomponer el nombre de su amada así: las cuatro últimas letras del apellido le dieron ARDO, la primera del mismo apellido unida a la O del nombre y la R, le dieron POR, y el resto de las del primer nombre le dieron completico CECILIA y así compuso “ARDO POR CECILIA”. Entonces se levantó, e hiriendo con su machete o quién sabe con qué la corteza del árbol, escribió sobre él esa frase, y la ceiba, que con su sombra le había dado protección de los candentes rayos del sol, comenzó a llamarse la Ceiba del Anagrama. Estuvo allí plantada hasta la década de 1960. Ignoro si la tumbaron los de la familia Ruiz que fueron propietarios de esa finca durante muchos años o si debido a los barrancos que formaba el río al alejarse de la orilla de este lado, se desplomó y fue a caer al caudaloso Cauca. Dicen que ese hombre, aunque en mi diccionario Larousse editado en 1903, no figura entre los gobernantes de este país, más adelante fue Presidente de Colombia. ¡Vea usted lo que nos perdimos por esta señorita ponerse a hacer votos de castidad! ¡Qué cosas tiene la vida!
Sigamos: A unos cien metros de la casa de mi amigo Roberto Flórez Acevedo, a mano izquierda bajando, se inicia un pedazo del viejo camino del Paso Real, que quedó después de la construcción de la nueva carretera que lleva de esta Ciudad al Puente José María Villa en este sector, enmalezado y abandonado por la falta de sentido de pertenencia que tanto sufrimos los vecinos de esta Ciudad del Tonusco. Por este camino que lleva al Cauca, unos 300 metros más abajo del puente, transitó gente importante y también esclavos durante la Conquista y la Colonia en viaje al centro del territorio Antioqueño o viceversa. Por aquí anduvieron Gaspar de Rodas, José Antonio Moon y Velarde, Obispos, gobernantes y todos los que vinieron o salieron de nuestra Ciudad cuando fue la capital de la Provincia durante más de 241 años. ¡Qué bueno sería recuperar este pedacito de camino que nos queda, empedrarlo, hacerle aceras a lado y lado, colocarle bustos de personajes de nuestra Ciudad al estilo de la Avenida La Playa de Medellín y arreglarlo para que la gente camine y recuerde en vivo y en directo viejas historias como la que he narrado, la del Puente de la Acequia del Llano que es parte del mismo, la de Moon y Velarde, la del Gobernador José Justo Pabón y tantas otras que se guardan en las revistas del Centro de Historia!
Bueno, me salí un poquito del tema inicial, pero ya muchos saben que este es mi defecto de fábrica y no puedo dejar de ser como soy. Vuelvo sobre el tema inicial que es la Barca Cautiva, para terminar, diciendo lo siguiente: Estuve en Jericó y Jardín y en ambas ciudades hay un aparato que me parece que se llama teleférico para subir y divisar la parte urbana desde lo alto de la montaña. Por allá en un pueblo del departamento del Quindío llamado me parece que Salento, hicieron cantidad de escalas, más de doscientas para subir a ver una cañada donde dicen que crecen muy bonitas las palmas de cera, pero yo estuve allá y no vi nada, no hice más que cansarme todo. No soy visionario, pero me parece que si una empresa como Naturaventura construyera una barca cautiva imitando la que hubo en otros tiempos, la situara frente al viejo camino del Paso Real y la dedicara al turismo, con alguien que contara la historia que dejo narrada, sería un atractivo para los visitantes, quienes cancelarían gustosos por pasar el Cauca en esta embarcación, como disfrutamos mi hijo mayor y yo cuando en un planchón pasamos el Cauca en Magangué en viaje de paseo a Mompox. Hablando con un señor de Montenegro, población del Quindío, me decía: por aquí con lo que ustedes tienen en Santafé de Antioquia, como el Puente de Occidente, las iglesias y el sector histórico, haríamos hasta para vender, porque nosotros sí sabemos sacarle plata al turismo… Ustedes no aprovechan nada de lo que tienen. Creo que tenía y tiene razón este paisa.

Antioquia Histórica, número 75

Presentamos hoy el número 75 de nuestra revista, correspondiente al año 2016. En ella, tuvimos el triste encargo de despedir a dos de nuestros miembros, quienes nos abandonaron momentáneamente en esta vida: Raúl Aguilar Rodas y Jorge Gamboa Rodríguez se nos han adelantado en el camino.

Cuatro interesantes artículos, de muy diversa factura y tema, pero unidos por la pasión de la historia, componen este número. Esperamos que los disfruten.
(Hacer clic en la imagen para verla o descargarla.)


domingo, 18 de febrero de 2018

La madre Marcelina en Santa Fe de Antioquia

Compartimos en esta oportunidad el número 35 de nuestra revista Antioquia Histórica. Publicada en julio de 1986, queremos con esta publicación hacer un homenaje a las Hermanas de los Pobres de San Pedro Claver, congregación que en 1918, gracias a la gestión del Obispo Toro, llegó a encargarse del Asilo de San Pedro Claver, institución que hoy cumple 100 años. En este número de nuestra revista, el inolvidable Carlos E. Mesa G., CMF, relata hermosamente la llegada de la madre Marcelina y su congregación a la ciudad de Antioquia.
Está acompañado este número de varios artículos de interesante factura, sobre diferentes aspectos de la historia de nuestra ciudad.
Pueden leer este número haciendo clic en la imagen.


viernes, 14 de julio de 2017

El Bienmesabe, La llegada del primer avión

El Bienmesabe es un "periodiquillo" que publica don Samuel Aguinaga, miembro de número del Centro de Historia de la Ciudad de Antioquia, en el que se ocupa de las cosas de antes de la ciudad.


Aunque don Samuel opine que su publicación no tiene ninguna importancia, en el Centro creemos que es un referente de la historia popular de la ciudad, además de ser de una lectura realmente agradable.
El sitio web santafedeantioquia.net ha comenzado su publicación en la red. No podíamos más que compartir con ustedes esa publicación aquí, en nuestro blog.

(Puede hacer clic en la imagen, abajo, para ir a la lectura.)